Opinión

Gaza: No, no todo se vale

Gonzalo Lazzari analizó el conflicto en Gaza en esta columna y se pregunta: ¿Qué papel debe jugar Panamá? “Si Panamá aspira a ser escuchada en el mundo, debe empezar por hablar con claridad y coherencia en defensa de la vida y la dignidad humana”, escribe en esta columna.

Estamos cerca de que se cumplan dos años de la masacre del 7 de octubre, un día que algunos han empezado a olvidar. Y no necesariamente por una inclinación a favorecer a una organización terrorista, sino, todo lo contrario, por el actuar de un gobierno que aplasta la memoria de un suceso que jamás debió ocurrir.

Soy de los que creían que Israel, en su legítima defensa, debía responder a lo vivido en esa fecha. No podemos olvidar que el 7 de octubre de 2023 se convirtió en el día más sangriento para la comunidad judía desde la Segunda Guerra Mundial: militantes del grupo terrorista Hamás asesinaron a 695 israelíes, 71 extranjeros y más de 390 agentes de seguridad, además de secuestrar a 251 personas, de las cuales algunas ya han muerto, otras siguen en cautiverio.

Ahora, ¿este era el costo? La cantidad de civiles asesinados por Israel —más de 50 mil, según Naciones Unidas y el Ministerio de Salud de Gaza, incluyendo periodistas, médicos, 16 mil niños y niñas—; la hambruna, ya calificada por la ONU en Gaza, que dejó otro centenar de muertes. No. No todo se vale. Como en la vida, en la guerra también hay códigos de ética. 

Con el paso de los días, la maniobra para justificar lo que sucede en esa parte del mundo es cada vez más difícil. No es menos cierto que los rehenes deben volver a casa, tal como lo ha expresado gran parte del mundo, pero tampoco es menos cierto que esto, por sí solo, no llevará al fin del conflicto. La meta también es acabar con Hamás.

Las Naciones Unidas están en coma. ¿Por qué? Porque su rol está más enfocado en la observación que en la prevención. Atrapada en su estructura burocrática, la incapacidad de anticipar conflictos la lleva a ver pasar frente a ella lo que ocurre en Ucrania, en Nigeria, en Venezuela, en Nicaragua y, por supuesto, en Gaza. No obstante, aunque soy muy crítico de la organización, rescato la frase de alguien que dice: “es mejor que existan a que no”. En estos días comienza la Asamblea General de la ONU, antecedida por el reconocimiento del Estado palestino por parte de Reino Unido, Canadá, Australia y Portugal. Un abrebocas de la cita neoyorquina.

Este impulso de naciones miembros del G7 para reconocer la existencia de un Estado palestino es la consecuencia de lo que antes señalaba: el llamado de atención al actuar del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, que logra que incluso enemigos acérrimos se unan en una posición clara: rechazar la forma en que un gobierno actúa. Son las cifras, son las imágenes. Son los hospitales, los civiles, el hambre.

¿Y Panamá? ¿Qué papel debe jugar? En un mundo interconectado y cada vez más politizado, para bien o para mal, necesitamos una voz más contundente, entendiendo nuestro rol. Hoy ocupamos una silla en el Consejo de Seguridad de la ONU que debería impulsarnos a ser más categóricos, sin dejar de lado la necesidad imperativa de buscar consensos. Y es ahí donde creo que fallamos.

Genera más dudas que certezas que el presidente Mulino condene enérgicamente el ataque de Israel a Hamás en territorio catarí, pero que acto seguido miremos a otro lado en la votación que abrió espacio al Estado palestino para hablar en la Asamblea General. Lo penoso es que solo seis países se abstuvieron. Hay un cortocircuito entre lo que se dice y lo que se hace. ¿Qué perdemos? ¿Qué ganamos? Todo esto ante una situación que, evidentemente, tiene un rechazo generalizado.

Hay una falsa dicotomía en la que se sostiene que todo aquel que se oponga al actuar del gobierno de Israel es antisemita o, incluso, pro-Hamás. Nada más alejado de la realidad. Un pequeño ejemplo es Donald Trump que, aunque tibio, ha criticado los movimientos de Netanyahu. Incluso dentro de Israel, la oposición es cada vez mayor. Entonces, ¿qué frena a Panamá? ¿Qué nos lleva a mantenernos en la escala de grises?

Por historia y por vocación, Panamá ha sido un país de puentes: puente entre océanos, entre culturas, entre naciones. Guardar silencio o refugiarnos en la abstención es traicionar esa esencia. En un Consejo de Seguridad donde hoy tenemos asiento, la neutralidad cómoda puede, incluso, verse como complicidad. No se trata de elegir bandos, sino de reafirmar principios. Y si Panamá aspira a ser escuchada en el mundo, debe empezar por hablar con claridad y coherencia en defensa de la vida y de la dignidad humana.

  • Patacón: lo que Panamá entierra

    Por: Nicanor Alvarado

  • Defender a la Naturaleza

    Por: Richard M. Koster

  • Epstein Files capítulo Panamá: Fiestas, islas y un millonario amigo de Martinelli

    Por: Sol Lauria