Panamá gestiona su basura enterrándola en un vertedero que ya no da abasto. Miles de recicladores contienen la crisis: separan y clasifican lo que el sistema mezcla, evitando que la ciudad colapse. Tienen la solución, pero nadie los escucha. ¿Qué impide ponerla en marcha?
En Cerro Patacón, el basurero a cielo abierto de la capital de Panamá que traga dos mil toneladas de inmundicia al día, José Alberto Martínez desgarra el plástico de la centésima bolsa de la mañana. Son las 10, el sol es un infierno pero él avanza con la velocidad de una máquina, sin nada más que unos guantes deshilachados como escudo: hunde la mano, aparta unas naranjas atestadas de gusanos y vegetales fermentados, revuelve en busca de latas o cualquier cosa que pueda vender para ganarse la vida.
—Voy de cerro en cerro buscando para juntar unos dólares.
Desde hace dos años, José Alberto hace esto todos los días: viaja dos horas desde Colón para hurgar lo que botas y convertirlo en su alimento. En 2024 se quedó sin trabajo en la construcción y la alternativa que ofrecía Panamá para personas como él —treintañero, sin universidad— era la misma que ahora: hurgar la basura que produce la capital del país para sobrevivir.
—No era el plan, pero es lo que hay.
Con el tiempo mejoró su resistencia y su técnica: llega a revisar cuatro bolsas por minuto. Necesita recolectar 200 libras de lata para su meta, si no se va como llegó. Algunas noches duerme en el basural para ahorrar el transporte.
José Alberto no está solo, hay decenas como él: 900 en Cerro Patacón, dos mil en todo el país. El trabajo de ellos logra lo que el Estado no hace: son el último filtro que evita que los cerros de basura terminen por ahogar Panamá.
Si el país los escuchara, tal vez la basura no sería un problema.

Sin protección, los recicladores de base contienen la crisis de la basura en Panamá. Foto: Raphael Salazar.
Para llegar a Cerro Patacón hay que atravesar caminos de tierra bordeados de casuchas de chapa, avanzar por una carretera plagada de huecos y esquivar charcos de agua marrón y espuma. Luego caminar bajo un sol que es un peligro entre montañas de basura donde algunos niños corren, aguantando un olor de otro mundo.
Es el recorrido por la industria de abandono y supervivencia que es Patacón.

Patacón recibe dos toneladas de basura al día, el equivalente a 14 aviones de carga llenos. Foto: Raphael Salazar.
Patacón abrió en 1986 como una solución para reemplazar al viejo botadero de Panamá Viejo. El plan era terminar con el tufo que afeaba el aire de la ciudad por los quemadores de basura y, en su lugar, enterrarla entre cerros convertidos en relleno. Pero en tres décadas no logró cambiar nada: ha acumulado más crisis que desechos.
Hubo dos concesiones privadas fallidas por gestión ineficaz, incumplimientos y conflictos contractuales. La última, a cargo de Urbalia, colapsó en 2023 con incendios que cubrieron la ciudad de una nube tóxica que impregnó de metales pesados hasta las escuelas. El gobierno suspendió las clases y declaró estado de emergencia.
Fue el corolario de una sucesión de crisis en las que los recicladores como José Alberto siguieron trabajando. “Si ellos no existieran, el problema de los vertederos sería mayor”, explica Alida Spadafora, especialista en gestión de residuos.
El Movimiento Nacional de Recicladores lo sabe: el problema no es la basura, es intentar esconderla debajo de la tierra. Proponen hacer lo contrario: separarla antes de que llegue al vertedero y convertir parte de ese desecho en materia prima.
Zona de reciclaje
Son las 12 del medio día de un lunes de febrero.
Marina —51 años, tez morena, delgada— acomoda desechos en La Galera, la zona de reciclaje de Patacón: un galpón al borde del hoyo donde decenas de camiones descargan basura, sostenido por columnas corroídas, sin paredes, agua ni baño. Aquí los recicladores clasifican y empaquetan materiales para venderlos, mientras Marina mira el techo de zinc y cuenta más de veinte agujeros.
—No se perdería tanto si hubiera un lugar aceptable para procesar el material que llega— dice.
Marina lleva 36 años en este mismo lugar.
—Es como si botáramos oro —dice, mirando las bolsas recién descargadas en La Galera.
Más de la mitad de lo que entra a Patacón se puede vender. El aluminio se paga entre 0.30 y 0.50 dólares por libra, el cobre lo supera. Eso equivale a varias toneladas de material por día que representan miles de dólares que no se recuperan. Separado, genera ingresos. Mezclado, se pierde: es como enterrar dinero.

Marina separa basura en Patacón. Foto: Raphael Salazar.
Esa pérdida es el punto de partida del Movimiento Nacional de Recicladores de Panamá, que Marina integra desde su fundación en 2013. Hace tres años, en 2023, puso sobre la mesa un modelo concreto: el “Programa de asociatividad e incidencia”, el resultado de meses de diálogo con distintos actores, incluyendo la sociedad civil, instituciones públicas con la colaboración de la Universidad de Panamá y la Fundación AVINA.
La propuesta es una hoja de ruta para la gestión de residuos en Panamá con la inclusión de los recicladores y recicladoras de base en todo el país. Reorganiza el sistema desde el origen: separar antes de que la basura llegue al vertedero, crear centros de acopio fuera de Patacón, organizar a los trabajadores en cooperativas y pagar por el material recuperado como parte del sistema público.
Ya existe una prueba de que el modelo puede funcionar: a tres kilómetros de Patacón, 37 trabajadores liderados por Juan Gaona montaron una cooperativa que recibe, clasifica y prepara para exportación residuos metálicos y electrónicos. Operan fuera del vertedero, con control del proceso y acceso directo al mercado.
El cálculo es simple: menos basura enterrada, más material recuperado, ingresos formales para miles de familias y menos presión sobre un vertedero que no resiste.

Juan Gaona es delegado internacional del Movimiento Nacional de Recicladores de Panamá y lidera una cooperativa en Panamá. Foto: Raphael Salazar.
En 2023, en medio de la crisis por los incendios, ese modelo fue presentado como proyecto de ley, pero no se aprobó. La respuesta del gobierno fue la de siempre: indiferencia, represión, estigmatización. Antimotines entraron al vertedero y esparcieron gases lacrimógenos. Las autoridades señalaron a los recicladores como responsables.
—Nos tratan como si fuéramos el problema —dice Marina—, pero somos los únicos que lo estamos resolviendo.
Dos años después, en 2025, la Asamblea sancionó una ley de gestión de residuos y economía circular que fija lineamientos generales. Pero Patacón sigue en crisis: en el fin de su vida útil recibe el triple de la capacidad para la que fue diseñado.
—Nos están echando —dice Marina.
El cuerpo paga
Reciclar en Patacón tiene un costo físico.
Abrir una bolsa puede ser suficiente para terminar en urgencias. Hay agujas, vidrio roto y metal filoso. Un corte mínimo alcanza para que una infección avance.
Pedro Naza se cortó la mano. La herida se infectó, le borró parte de los pliegues de la piel y le dejó dolor persistente durante semanas.
En vertederos abiertos de América Latina, el 69 % de los trabajadores sufre este tipo de accidentes. También episodios de diarrea (25 %), hipertensión y enfermedades musculares. Además, como los residuos liberan metano y lixiviados con bacterias y compuestos tóxicos, la Organización Panamericana de la Salud advierte que muchos terminan con bronquitis crónica y trastornos gastrointestinales.
Son riesgos que podrían bajar a cero si se pusiera en marcha la Ley 33 de 2018 “Basura Cero”, que formaliza el trabajo de los recicladores, o la aprobada en 2025. Pero en Cerro Patacón ese marco no se aplica, y el gobierno se resiste a reconocer el trabajo.
Ya lo había advertido en 2015 la presidenta del Movimiento de Recicladores, Yenny González: “Las leyes están ahí, pero están engavetadas”.

Foto: Raphael Salazar.
Lo que se pierde
Panamá recicla menos del 10% de todo lo que desecha, según el Ministerio de Ambiente. Es una de las menores tasas de Latinoamérica y, aun así, en 2025 el país exportó $71.3 millones en desechos de cobre, aluminio y acero reciclado.
Dejar de enterrar toda la basura generaría mucho más a la economía, y la experiencia de países vecinos lo confirma: en Colombia la economía circular aporta al Producto Interno Bruto casi el triple que en Panamá, porque allí se puso en marcha una estrategia que arrancó en 2016 con la formalización de los recicladores, su reconocimiento como prestadores de servicio público y su remuneración a través de las tarifas de aseo.
Pero no solo eso: a partir del 2018 las normas colombianas fomentan que las empresas reutilicen materiales e incentiven nuevos negocios circulares. El resultado: en cuatro años el reciclaje saltó del 10 al 14.5% —una de las tasas más altas en Latinoamérica—, y cerca de la mitad de todo lo que se recupera se queda para ser transformado en Colombia. México también dio saltos: más del 60% de los envases plásticos ya se recicla.
Brasil, Costa Rica y Chile llevan años aprovechando otras ventajas de reciclar: la venta de bonos de carbono. Las ciudades reducen sus emisiones y cobran tarifas a las empresas que contaminan. Los recicladores son claves en esto, porque reducen la cantidad de basura enterrada en los vertederos y, por tanto, las toneladas de metano —un gas más contaminante que el dióxido de carbono— que expulsa esa basura. Su trabajo reduce el impacto ambiental.
Pero Panamá acumula diagnósticos y posterga decisiones. Aunque es una crisis ambiental y social, Patacón sigue sin resolverse y la gestión integrada de desechos sólidos no avanza.
Desde 2023 está en lista la licitación de su gestión. “Estamos buscando empresas de Corea del Sur o de Japón”, explica el director de la Autoridad de Aseo, Ovil Moreno.
El más reciente intento de cambio terminó tan rápido como avanzó: el municipio de San Miguelito quiso organizar un modelo de gestión acorde con la época, con recolección diferenciada y espacios para los recicladores, pero el Gobierno central lo intervino: decidió que la basura se seguirá recogiendo en camiones compactadores para amontonarse en las laderas sucias de Patacón, donde los recicladores como Marina, Juan Gaona, Pedro Naza y José Alberto siguen rebuscando y aportando soluciones.

La Galera: el galpón improvisado para separar la basura en Patacón. Foto: Raphael Salazar.
Desde La Galera, el cerro no se detiene. Los camiones suben, descargan y bajan en fila. Las bolsas se abren contra el suelo. El aire pesa: moscas, humo, un olor agrio que no se va, mientras los restos se mezclan con charcos y polvo.
Marina mira a sus compañeros.
—Si nos escucharan…
Después vuelve a las bolsas. Lleva 36 años pidiendo lo mismo.



