¿Qué ocurre cuando un desastre que amenaza a una comunidad indígena se convierte en una oportunidad para los negocios y el turismo? Claire Névache mira Cordillera de Fuego, la película del guatemalteco Jayro Bustamante, para hablar de extractivismo, racismo y territorio, pero también de los prejuicios contra las iglesias evangélicas y la mirada que la intelectualidad latinoamericana tiene sobre ellas.
El Festival Internacional de Cine de Panamá es una cita anual que no me he perdido nunca en los últimos trece años que llevo viviendo en el istmo. Este año, una película era imperdible para mí: Cordillera de Fuego, del director guatemalteco Jayro Bustamante, un acostumbrado de las nominaciones internacionales. Considero que su ópera prima, Ixcanul (2015), es una de las joyas del cine latinoamericano de los últimos años. Después de explorar los tres principales insultos que circulan en Guatemala — el de indio con la película mencionada, de hueco y de comunista en Temblores y La llorona, ambas estrenadas en 2019— , la última película de Bustamante aborda los conflictos territoriales de Guatemala. La mirada que quiero aportar está atravesada por una vivencia de varios meses en Guatemala y múltiples experiencias de vida trabajando con comunidades indígenas, pero también como politóloga especializada en los temas de religión.
En la película, una comunidad indígena de las montañas del país está amenazada por el nacimiento de un nuevo volcán. Mientras los humos tóxicos, las explosiones y las corrientes de lava amenazan con destruir la vida del pueblo y de sus habitantes, los grandes empresarios de la capital fantasean con inversiones millonarias y una nueva marca país ante los ojos cómplices de las autoridades.
Para quienes conocemos Guatemala y América Central, allí está todo. Desastres naturales que de natural tienen poco, una profunda desconfianza heredada de los conflictos del siglo pasado y un racismo que perdura desde la colonia; destinos profundamente colectivos y luchas centenarias para preservar un modo de vida y una identidad; proyectos extractivistas hambrientos de recursos; instituciones estatales en plena colusión con el poder económico; países volcados en complacer al turismo y a las inversiones extranjeras.
Las imágenes, filmadas en buena medida durante la erupción del Volcán de Fuego del año pasado y alrededor del lago de Atitlán, son lindísimas, la música original de Sara Curruchich se imprime en la cabeza y la actriz principal, Maria Mercedes Coroy (vista en Ixcanul, pero también en la superproducción de Marvel Wakanda Forever) nos hace desear ver más representaciones de heroínas como el personaje de Paola, una científica con un pie en el mundo maya y otro en la lógica occidental, que ayuda a la comunidad a enfrentar la situación. Sin embargo, y es toda la ingeniosidad de la película, contrario a una película de Marvel, el personaje de Paola va poco a poco fundiéndose en la comunidad hasta que el personaje principal, hacia el final de la película sea colectivo.
Una escena particularmente lograda representa un video de propaganda realizado por el Estado, que busca enmarcar el nuevo volcán como parte de una “marca país”, estas identidades nacionales hechas logotipos. Así, el grave peligro al que se enfrentan los personajes se transforma en oportunidades de inversiones económicas y de turismo. Por la misma ocasión, se llama a la población a la unión, y sobre todo se veta cualquier tipo de “resentimiento”, una palabra que en nuestros países significa la prohibición de reivindicar dignidad, igualdad y reparaciones históricas. La retórica del clip me recordaba cuando, de forma recurrente en los últimos años, verdaderos cerros de basura sumergían algunos barrios del área metropolitana de la capital de Panamá. A pesar de la proliferación de alimañas, de los olores y de los problemas de salud que comenzaban a padecer la población, la principal preocupación de los medios de comunicación y de muchas autoridades estaba relacionada con la imagen turística del país.
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Quisiera detenerme sobre otro aspecto de la película, que me interesa particularmente como estudiosa del tema. Bustamante le dedica un espacio importante al papel de una Iglesia evangélica presente en el pueblo y vinculada con el alcalde. El pastor se opone a la evacuación de los habitantes, alegando que la mano de Dios extendida sobre la comunidad salvará a sus residentes. Esta promesa termina, por supuesto, en tragedia para la feligresía y el propio líder de la Iglesia. No es la primera vez que Jayro Bustamante incluye en sus películas acérrimas críticas a las Iglesias evangélicas, que en su país ya alcanzan a la mitad de la población. Temblores, en particular, ya trataba el tema.
Si bien creo saludable denunciar los abusos que sin dudas pueden existir, se ha convertido en algo habitual y rutinario para buena parte de la intelectualidad latinoamericana burlarse de las comunidades evangélicas, como difícilmente se atreverían a hacerlo con otras comunidades de fe. Felizmente, en estos mismos círculos está descartado hablar despectivamente de comunidades de fe judías, musulmanas o de cosmovisiones indígenas. Mariela Mosqueira y Alejando Frigerio, socióloga y antropólogo de la religión en Argentina, hacían la misma reflexión sobre la serie de Netflix El Reino hace unos años: los pastores, en los imaginarios mediáticos y culturales son ricos, corruptos, cínicos y manipuladores. Por su lado, la feligresía es sumisa, acrítica y profundamente ignorante. Una línea del dialogo entre Paola y su asistente Ana ilustra perfectamente estas ideas. Ellas renuncian a salvar al pastor o el alcalde, mientras que están comprometidas con el resto de la feligresía, porque, según dice una de ellas “allí hay gente inocente”.
Las imágenes del templo en la película, así como el conversatorio posterior a la proyección muestran que estas imágenes mentales son fruto de un gran desconocimiento sobre “la Iglesia evangélica” (que nunca fue homogénea ni única), y que reflejan los prejuicios y la “pentecosfobia”, en palabras de Mosqueira, de ciertos sectores sociales latinoamericanos intelectuales y secularizados. En la comunidad vecina, sin embargo, donde son acogidos los desplazados de la película, un sacerdote católico ayuda a organizar el rescate y a preservar el tejido social… El contraste es evidente. Resulta paradójico e irónico que, queriendo reivindicar a los más excluidos y marginados, reproduzcamos la estigmatización contra una religión que otrora fue penada de muerte en el continente y que hoy es la fe de los más pobres, de las mujeres, de los más racializados y los más excluidos. Hace unos años, realizando entrevistas en el marco de un trabajo de campo en Brasil, un pastor bautista me decía, ojalá algún día los sectores progresistas descubran que el pueblo real no es el pueblo que está en su cabeza sino el que, en América latina, encontramos en las Iglesias.
Cordillera de fuego es una película realmente recomendable, que nos habla con crudeza de las realidades centroamericanas, y nos permite vernos a un espejo sin mucho maquillaje. Ojalá tenga la distribución que se merece en la región y más allá, para que el público pueda apreciarla.


