Presidentes sin pantalones
15 Dic 2022
Día de la Etnia Negra: cosas que pasan cuando no eres blanco
30 May 2023

Aderlyn

Aderlyn Llerena Saldaña desapareció el 13 de septiembre de 2022 cuando iba a la escuela. Ante la inacción judicial, la familia organiza protestas y búsquedas por su cuenta. ¿Por qué tres cámaras de seguridad vigilan la casa de una niña desaparecida?

Aderlyn Llerena Saldaña, la única hija de una mujer indígena emberá y de un hombre negro darienita, ama los Siu Maui, una milenaria comida de China. También le gusta el pan, el chicheme, los dulces con formas de orejas, los cereales con leche, pintar, dibujar, jugar la rueda con sus primas tomadas de sus manos, usar pijamas iguales a los de su madre, y hablar por videollamadas con sus abuelos.

Hace seis meses que Aderlyn no llama a sus familiares. Una cámara de seguridad la observó cuando un hombre la agarró por la espalda y se la llevó al interior de un monte. El video es del martes 13 de septiembre de 2022. Era cerca del mediodía. Aderlyn salió uniformada de su casa en Embera Purú, en San Miguelito. Primero atravesó el patio de la residencia donde vive, luego caminó por unas raíces sobresalientes de un árbol de mango. Cruzó una cerca de bloques que tiene un agujero, escaló unas piedras, y siguió por un sendero de tierra, bordeando una vía rápida, hasta un puente elevado que conecta su comunidad con la escuela donde almorzaba diariamente. Del otro lado del puente, detrás de un poste de luz, estaba el sujeto que la raptó.

Desde que se conoció la existencia del video del secuestro de la niña —por cinco meses las autoridades dijeron que no existían grabaciones— la búsqueda de Aderlyn se ha intensificado en el lugar donde fue vista por última vez. Hace unos días acompañé a su abuela y a su abuelo paterno a buscarla. Cruzamos la vía rápida, revisamos el poste de luz dónde se escondió quién se llevó a Aderlyn, y luego subimos hasta la cúspide de un cerro que ninguna autoridad había caminado. En la cima se veía muy lejana la ciudad de rascacielos de Panamá. «¿Cómo alguien pudo traerla hasta acá?», se preguntó el abuelo Wilfredo, mientras subíamos la montaña.

Wilfredo, abuelo paterno de Aderlyn, durante una jornada de búsqueda.

Arriba, en la cumbre, no estaba su nieta. Al bajar encontramos unos platos de plástico con restos de comida, y su abuela Adela dijo en voz alta: «Esta comida es reciente. Alguien está comiendo aquí». Cuando un familiar desaparece todo es una evidencia: unas hojaldras mordidas, un zapato sin suela, una llamada desconocida. 

Esa tarde tomaron fotos a los alimentos y sin mayores resultados regresamos a casa. Allí, Adela me mostró una foto que tenía en el teléfono celular de un joven afrodescendiente, con gorra, de labios gruesos. «Este es», dijo para que conociera a quién se piensa es el responsable de la tragedia. «Pero no se observa bien en el video. Sale borroso». El hombre vive a unos metros de la escuela donde Aderlyn iba a almorzar, en una comunidad vecina llamada Las Trancas, cerca de una quebrada contaminada, por una vereda que utilizaba la niña todos los días en tiempo escolar.

Su casa está custodiada por policías porque hallaron restos de sangre en su interior que son analizados para determinar si pertenecen a la niña desaparecida. Algunos vecinos dicen que tiene familia, madre y pareja. Unos niños de una escuela, durante una protesta, dijeron que están llenos de miedo. Se sabe que está detenido porque aparentemente violó a una hija. El joven conocía a Aderlyn. «Aquí venía a pedir agua», dijo el abuelo materno de la niña desaparecida, Dabley Saldaña, en su casa. El posible secuestrador trabajaba entonces reparando la calle de al frente del hogar donde vivía Aderlyn. «Capaz y la estuvo marcando», dice el señor con los ojos llorosos.

Aderlyn nació un 21 de mayo del 2013 en el Hospital Santo Tomás. Este 2023 cumplirá 10 años. Su madre y su padre se conocieron en Emberá Purú. Eran vecinos. Se enamoraron siendo jóvenes en una parrillada a la que solían ir a bailar. Primero vivieron en la casa de los abuelos paternos de Aderlyn, donde pasaron unos años viendo a la niña crecer con sus primas. Luego se separaron por un suceso de violencia intrafamiliar. A partir de ese momento, Dalis y su hija vivían en casa de su padre. Allí tenían una recámara sin lujos y la niña jugaba en la calle que reparó su posible secuestrador, cerca de un enorme cerro de basura.

Dabley Saldaña, abuelo materno de Aderlyn, muestra algunas de las ropas que guarda de su nieta.

Emberá Purú es una zona peligrosa, según la Policía Nacional. Ni bien llegas, puede que algunos vecinos te adviertan sobre los límites territoriales que no debes cruzar para evitar meterte en problemas. «No pases más allá del teléfono», me dijo un joven indígena el primer día que fui. En la noche observé a otros jóvenes en una vereda. Uno de ellos estaba armado. Unos vecinos me recomendaron que no subiera a ningún taxi que tuviera más personas que el taxista. Hace unos días, unas calles más abajo de donde vive Aderlyn, una señora indígena murió dentro de un bus en medio de un tiroteo entre pandillas rivales.

A Emberá Purú llegaron los abuelos maternos y paternos de Aderlyn hace algunas décadas y construyeron sus casas, muy cerca uno de los otros, sin pensar que serían familia en el futuro. La señora Adela y su esposo Wilfredo llegaron desde Darién. El señor Dabley y su pareja lo hicieron desde Calidonia. Dabley es chiricano, su expareja es una indígena emberá. Las dos familias querían hacer una vida juntos y poseer una casa para criar a sus hijos. Emberá Purú era en aquellos años un cerro esperanzador que se habían tomado algunos panameños que no tenían hogar y donde se podía comprar barato ciertos pedazos de tierra. Los primeros años sufrieron la ausencia de agua y de electricidad. Con los años aumentó la población, las casas de zinc y de madera, los cerros de basura que no se recogen, y el agua sigue llegando a cuenta gotas.

Bloque de búsqueda de Aderlyn. En la foto, la abuela paterna, Adela, sus sobrinas y nietas.

Cuando desapareció Aderlyn, el señor Dabley fue a buscarla con uno de sus hijos en los lugares más peligrosos de casi todo Panamá. Se estacionaba muy cerca de los multifamiliares y allí se quedaba con su hijo mirando desde el auto todo lo que se movía a su alrededor. A veces bajaba del carro y le mostraba una foto de la niña a los moradores de los barrios, pero no recibía noticias. La señora Adela lleva varios meses liderando el equipo de búsqueda de su nieta desaparecida, con otras nietas, sobrinas, hermanas, estudiantes de la escuela y con vecinos que se han sumado a la causa. Anhela que la sangre que se encontró en la casa del violador no sea la de su nieta. Organiza cierres de calles, protesta en las instituciones encargadas de la investigación. —El día 11 de marzo participó en la convocatoria feminista que se realizó en la sede del Ministerio Público para pedir que se investigue el caso de Aderlyn y la recibieron con policías y con cercas de metal— Denuncia en la televisión que sufren de racismo, que por ello Aderlyn no aparece. Otro día me dijo que no puede ir a un centro comercial porque todas las niñas se parecen a su nieta.

Dalis, la madre de Aderlyn, es una figura pública como consecuencia de la desaparición de su hija y mantiene en la televisión una gran serenidad. Su padre dice que eso lo logra, entre otras cosas, con ayuda de medicamentos. Su hija llora desconsolada muchas noches. Trabaja en una repostería en la ciudad de Panamá y vive en Pacora con su nueva pareja. Los panameños la hemos visto denunciar todas las irregularidades del caso: que los fiscales—6 en total— no le dicen mucho, que el video de la cámara de vigilancia apareció casi 6 meses después de desaparecida su hija, que no buscan donde hay que buscar, que solo investigan cuando protestan. En estos días que el caso ha dado un giro importante con la aparición de un testigo protegido y los rastros de sangre, me dijo su exsuegra que no responde el teléfono. La última vez que hablé con Dalis me escribió un mensaje de texto que decía: «Usted me disculpa, pero otro día lo puedo atender». Reza mucho en las noches y poco a poco se ha ido integrando a su trabajo. La hemos visto molesta porque las primeras investigaciones que realizó el Ministerio Público estuvieron enfocadas en su familia más cercana. Ha negado toda vinculación de sus parientes con la desaparición. El padre de Aderlyn guarda silencio. Dicen sus familiares que como lo vincularon al caso ha preferido tomar distancia.

Una noche, antes de que allanaran la casa del posible agresor, visité la residencia de Aderlyn. Atendió su abuelo Dabley. Nos sentamos afuera del hogar. Él en una silla y yo en un tanque de pintura. Allí me contó un dato que le remordía la conciencia: Aderlyn iba a una escuela privada para familias muy pobres y no caminaba todos los días por esa trocha donde vivía el violador, sino que un carro la llevaba a la escuela. Con la pandemia y el empobrecimiento que sufrieron los panameños, Dabley, que es transportista, perdió su trabajo y no pudo ayudar a su nieta para que siguiera en la escuela privada. El coronavirus, y la precariedad que provocó, hizo que tomaran la decisión de cambiarla a la escuela de Las Trancas, donde meses más tarde sería secuestrada sin que ninguna maestra avisara de su ausencia durante toda la tarde. Esa noche que lo visité noté que la Policía Nacional había instalado tres cámaras de seguridad frente a la casa de Aderlyn. «¿Son por su nieta?», le pregunté al señor Dabley. «No —dijo—. Es que hace unos días unos sicarios mataron a un joven en la puerta de mi casa».


¹ Desde el mediodía, hora en que desapareció la menor, hasta las 5 pm nadie supo de la niña. Nadie avisó que Aderlyn no fue a la escuela ni a almorzar a ningún familiar. Los operativos que sucedieron las horas posteriores llegaron demasiado tarde. Un total de 11 mujeres, entre ellas cuatro niñas, siguen desaparecidas en Panamá, según las autoridades.
COMPARTIR EN REDES SOCIALES:

About the author

Es fundador de Editorial Descarriada y autor del libro «Secar en invierno». Dirigió la extinta revista de crónicas y arte contemporáneo, El Guayacán. Sus trabajos se han publicado en Colombia, México, Chile, Portugal y en Panamá aparecen regularmente publicados en el periódico La Estrella. Participó en la reciente colección de crónicas latinoamericanas de la revista española Cuadernos Hispanoamericanos.

Víctor A. Mojica
Víctor A. Mojica
Es fundador de Editorial Descarriada y autor del libro «Secar en invierno». Dirigió la extinta revista de crónicas y arte contemporáneo, El Guayacán. Sus trabajos se han publicado en Colombia, México, Chile, Portugal y en Panamá aparecen regularmente publicados en el periódico La Estrella. Participó en la reciente colección de crónicas latinoamericanas de la revista española Cuadernos Hispanoamericanos.